27/9 – CINE ARGENTINO en CINÉFILO

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CAMBIO DE HORARIO: 20.30 HS. – CINÉFILO BAR – BV. SAN JUAN 1020 (casi esquina Mariano Moreno) – CÓRDOBA CAPITAL

CINE CONTEMPORÁNEO ARGENTINO. Recorridos.

Segunda parte: La realidad de la representación

Los rubios 3

Los rubios, de Albertina Carri (Argentina, 2003, 90 min.).

Hacer una película sobre el pasado (en este caso la dictadura militar del 76) conlleva la tarea de recurrir a la memoria como herramienta para reconstruir, revivir y cargar de sentidos un tiempo preterito.

La memoria es una función cerebral a través de la cual el ser humano puede retener experiencias pasadas. La memoria también es el mecanismo a través del cual se construyen verdades sobre el pasado que aceptadas colectivamente, sirven como bases para continuar el proceso de construcción de una identidad social (algo más que la suma de muchas identidades individuales). Podemos pensar entonces a la memoria como la función o el mecanismo o las bases para la formación de la identidad social o colectiva.

Sobre estas bases suelen trabajar la mayoría de las películas que tiene como materia (directa o indirectamente) a la dictadura militar del 76. Son películas que se valen de la memoria (entrevistas a sobrevivientes, fotografías[1], videos de archivo) propia o ajena para dilucidar, destapar, darnos a conocer, iluminar. Objetivos que persiguen un solo fín: ajustar cuentas con la brutal injusticia cometida a las víctimas de la dictadura.

Secretamente, en el fondo de estas películas hay una intención de tranquilizar al espectador: mostrar y contar como fueron las cosas, para recuperar la seguridad calma del entender, del saber.

Y aquí, en este punto, es en donde llegan Los Rubios con sus postizos lacios y ruludos a dinamitar todo lo que antes se venía haciendo (no solo a través del cine) con la memoria de ese momento.

El primer punto de quiebre presente está en la concepción misma de la memoria: lejos de ser tomada como el reservorio de la información que iluminara un pasado sombrío, es entendida como una incapacidad, como un mecanismo dudoso, impreciso, vulnerable a los estragos del tiempo. No obstante, la película, lejos de rechazarla por su condición, la toma como modelo formal para construir el relato mismo. Los Rubios toma lo fragmentado de la memoria, lo inconexo, lo expresivo, lo indirecto, para dar con todos esos materiales una idea: no la del vivir en un pasado oscuro, sino la del sentir en un presente esclavizado por ese pasado irreconciliable. Albertina Carri, hace la película para poder exorcizar los fantasmas de un pasado que no le permiten construir su propia identidad. Un hijo o hija de desaparecidos va a ser siempre, antes que nada, el hijo o hija de.

El otro punto de quiebre de la película está relacionado con los materiales y las formas. Los Rubios toma el género documental, lo desarma en mil partes y lo vuelve a armar de una forma totalmente distinta. Hay pura originalidad en cada uno de sus elementos: la explicitación de la permanente construcción de la obra, el empleo de juguetes para poetizar y politizar un suceso, el desdoblamiento de la protagonista a través de una actriz para tomar distancia de la propia experiencia, la decisión consciente de desestimar el testimonio de los sobrevivientes[2].

Esta serie de decisiones guardan en su génesis dos ideas esenciales sobre el cine: que es un medio libertario, que lejos de limitarnos a formas preestablecidas, nos da la autonomía de crear un mundo propio y poder compartirlo con otros; y que, lejos de intentar tranquilizarnos, adormecernos, aletargarnos, es un medio para nutrir incertezas, para activar la capacidad de cuestionamiento, para alimentar un pensamiento reflexivo y autocrítico.

El cine debe ser (como lo es Los Rubios) una piedra en el zapato que nos impida caminar tranquilos por la vereda de las certezas.


[1] Una fotografía puede  entenderse como la materialización visual de un recuerdo del fotógrafo.

[2] Como dije anteriormente, Carri hace la película para poder cerrar un capítulo de su propia historia. No trata de eternizar gloriosamente la actividad política de otra generación.

por Ramiro Sonzini

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