Crítica: CONTROL, de Anton Corbijn

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GRIS

por Juan Manuel Pairone*

En esta última década, Ian Curtis y Joy Division se han convertido en motivo de revisión artística no sólo a través de la música. En pocos años, una serie de películas intentaron retratar la historia del grupo de Manchester de manera diversa y desigual. Así, si 24 Hour Party People de Michael Winterbottom dibuja el costado más irónico de la historia y si Joy Division de Grant Gee ensaya un momento reflexivo e incluso optimista, Control puede ser definida como la película más intimista que se haya intentado hacer sobre la banda y, más precisamente, sobre su cantante, Ian Curtis.

La responsabilidad detrás de esa afirmación es doble. Por un lado, el guión está basado en el libro Touching From a Distance de Deborah Curtis, la viuda del mítico cantante. Por otro, quien dirige la película es ni más ni menos que Anton Corbijn, uno de los fotógrafos fundamentales en el surgimiento de la escena de Manchester y responsable de haber contribuido con su propia obra al misticismo icónico que rodea a la historia de la banda. Como consecuencia, la película no puede verse como la mirada exterior de un pasado romántico. Debe entenderse como la posibilidad de los propios realizadores de revisar una vida ya vivida para producir sentido a partir de una construcción biográfica.

Lamentablemente, y a pesar del vínculo que une a los responsables con la historia en cuestión, esa construcción no termina de encontrar una dirección narrativa que la sustente. La vida de Curtis se cuenta de manera fragmentada a través de distintos episodios que mezclan su adolescencia, su matrimonio, su poesía y su banda pero en ningún momento puede percibirse como un todo. “Yo existo en la mejor forma que puedo” dice el personaje de Curtis en uno de los primeros planos de la película. Sin embargo, esa forma particular no se alcanza a percibir en toda su dimensión. Sólo la mirada de Sam Riley (Curtis) -que se va cargando de incertidumbre y angustia- logra transmitir algo de ese control que parece diluirse paulatinamente.

De todas formas, el punto más débil del guión está dado por una tendencia ineludible a la caricaturización de los personajes a través de estereotipos sobredimensionados. Si bien la representación de la banda se destaca -los mismos actores son los que versionan las canciones de Joy Division, logrando un sonido en directo que es la envidia de cualquier documental de rock-, cada miembro del grupo representa una tipología de personaje que se evidencia en cada nueva línea de diálogo. Como consecuencia, distintos estereotipos (el arrogante, el tímido, el hipocondríaco) simplifican la complejidad propia de las personas retratadas convirtiéndose en ficciones erráticas y poco creíbles.

Control 2

No obstante, la película concentra sus fortalezas en el planteo estético de Corbijn. El uso del blanco y negro es una decisión fundamental y su importancia radica en el contraste que genera interna y externamente en y entre los planos. Además, si bien es parte del estilo característico de Corjbin como fotógrafo y realizador -sobre todo en la década de los ’80-, al contar la historia de alguien tan enigmático y tortuosamente caracterizado, la escala de grises es un aporte fundamental en lo emocional y en lo opresivo que puede resultar todo ese viaje en el que uno ya sabe que Curtis decidirá su propio final. De esta manera, la utilización del blanco y negro no es una cuestión puramente superficial: los grises en la pantalla no hacen más que representar la tonalidad de una vida constantemente incómoda, incolora.

Pero el planteo estético de Control no sería lo que es sin la fotografía de Martin Ruhe, quien ayuda a intensificar el concepto eminentemente pictórico (propio de un artista como Corbijn) que hay detrás de cada plano del film. En este sentido, la escena en la que Curtis decide finalmente ahorcarse es quizás uno de los logros máximos de la película y un fiel ejemplo de un estilo llevado al máximo de sus posibilidades. Corbijn sabe que nosotros sabemos lo que va a pasar, por eso decide mostrarlo a través de una cuerda ajustándose sobre un carrete, un corte en negro con el ruido de la caída del tendedero de fondo y, posteriormente, un grito claro, en el centro del espectro sonoro. Así, el clímax de la película, aquello que se presiente desde el inicio mismo, es mostrado de la manera más simple, con un plano detalle y un contraste que no necesitan mayor explicación. Sólo una aclaración final: “Ian Curtis murió el 18 de mayo de 1980. Tenía 23 años”.

Control no parece la mejor forma de contar una historia tan particular como la de Ian Curtis y en eso tiene mucho que ver la decisión de basar el guión en el libro de su viuda. Sin embargo, el estilo depurado de Corbijn logra ir más allá de lo específicamente narrativo para transmitir un sentido por si mismo. Las imágenes encadenadas dicen, describen y muestran aquello que las palabras llegan incluso a censurar. Se trata, en definitiva, del poder significante de la imagen como una construcción simbólicamente compleja. El mismo que, hipnóticamente, se desprende de cada retrato de Ian Curtis y dice mucho más que cualquier palabra que pueda escribirse sobre un ícono de tal magnitud.

Juan Manuel Pairone publica habitualmente crítica de música en su blog El Servicio Postal. Le agradecemos esta participación, escrita especialmente para nuestro blog con motivo de la función de Control programada por el Cineclub Con Los Ojos Abiertos, este Miércoles 6/10 en La Cumbre.
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