1/4: 20 hs. – CINECLUB MIREVEA en SAN MARCOS SIERRAS

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20 hs. – EL MISTOL (frente a la plaza) – SAN MARCOS SIERRAS

Fotograma de La Bicicleta de Pekín

20 hs. – La bicicleta de Pekín, de Wang Xiaoshuai (China, 2001, 113 min.).

Todos los años una película china gana algún premio importante en algún festival internacional de prestigio, lo que confirma que esa cinematografía es una de las más vitales e interesantes de la última década. Y eso, a pesar de la fuerte censura ideológica que sigue imponiendo el régimen comunista. El joven director Wang Xiaoshuai —uno de los más destacados de la Sexta Generación de la Academia de Cine de Pekín— es una prueba palpable de esta vitalidad. Después de que sus primeras cuatro películas —The Days, Frozen, So Close to Paradise, The House— sufrieran los zarpazos o el secuestro de la Oficina China del Cine, ahora por fin ha podido demostrar su talento en La bicicleta de Pekín, Oso de Plata y Gran Premio del Jurado en el Festival de Berlín 2001. Se trata de un drama bello y desgarrado, primero de los Cuentos de la China moderna, serie de seis largometrajes dirigidos por otros tantos directores jóvenes de Pekín, Taipei y Hong Kong, y producidos por los taiwaneses Peggy Chiao y Hsu Hsiao-Ming.
En el abigarrado Pekín actual, dos adolescentes se disputan la posesión de una moderna mountain-bike. El primero es un tímido y tozudo chaval de campo que intenta ganarse la vida como mensajero. Cuando le roban su bicicleta, no parará hasta encontrarla. El otro es un estudiante rebelde, blando y sentimental, que compra la bicicleta de segunda mano con un dinero que ha robado a su padre, un obrero de escasos recursos. La lucha de ambos por la bicicleta sacará a la luz las contradicciones, necesidades y miserias de la sociedad china actual, en lucha permanente entre el creciente materialismo consumista y la pervivencia de unos valores éticos ancestrales.
La película ofrece una exquisita factura realista, de gran detallismo, fluida planificación, atrevido empleo de la elipsis y el fuera de campo, e inteligente tratamiento de la luz y el color. En ella se aprecian fuertes influencias del maestro Zhang Yimou —al que se homenajea explícitamente—, del cine iraní y, por supuesto, del neorrealismo italiano, pues las referencias a Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica, van mucho más allá del título y del arranque argumental.
Todo ese esmero formal beneficia la calidad de las interpretaciones, todas ellas de gran frescura y dramatismo, especialmente las de los jóvenes Cui Lin y Li Bin, justamente galardonados en Berlín con el Premio a los Actores Revelación. Ellos dan verosimilitud y entidad a las jugosas reflexiones del film sobre el sentido del trabajo y las exigencias del amor auténtico; y encarnan muy bien los contrastes entre la ciudad y el campo, la modernidad y la tradición, la moralidad y la frivolidad, la sencillez y la vanidad. Sólo cabe reprochar la cruda violencia del desenlace, coherente quizá con la agresividad latente en el desarrollo, pero excesiva en su concreta representación y en su pesimismo. Es tan fría su crudeza que resta cercanía y hondura a los entrañables personajes principales, y deja en el espectador un ingrato regusto amargo, sólo comprensible si ese final tuviera pretensiones de simbólica denuncia política. J.J.M.

Todos los años una película china gana algún premio importante en algún festival internacional de prestigio, lo que confirma que esa cinematografía es una de las más vitales e interesantes de la última década. Y eso, a pesar de la fuerte censura ideológica que sigue imponiendo el régimen comunista. El joven director Wang Xiaoshuai —uno de los más destacados de la Sexta Generación de la Academia de Cine de Pekín— es una prueba palpable de esta vitalidad. Después de que sus primeras cuatro películas —The Days, Frozen, So Close to Paradise, The House— sufrieran los zarpazos o el secuestro de la Oficina China del Cine, ahora por fin ha podido demostrar su talento en La bicicleta de Pekín, Oso de Plata y Gran Premio del Jurado en el Festival de Berlín 2001. Se trata de un drama bello y desgarrado, primero de los Cuentos de la China moderna, serie de seis largometrajes dirigidos por otros tantos directores jóvenes de Pekín, Taipei y Hong Kong, y producidos por los taiwaneses Peggy Chiao y Hsu Hsiao-Ming.En el abigarrado Pekín actual, dos adolescentes se disputan la posesión de una moderna mountain-bike. El primero es un tímido y tozudo chaval de campo que intenta ganarse la vida como mensajero. Cuando le roban su bicicleta, no parará hasta encontrarla. El otro es un estudiante rebelde, blando y sentimental, que compra la bicicleta de segunda mano con un dinero que ha robado a su padre, un obrero de escasos recursos. La lucha de ambos por la bicicleta sacará a la luz las contradicciones, necesidades y miserias de la sociedad china actual, en lucha permanente entre el creciente materialismo consumista y la pervivencia de unos valores éticos ancestrales.La película ofrece una exquisita factura realista, de gran detallismo, fluida planificación, atrevido empleo de la elipsis y el fuera de campo, e inteligente tratamiento de la luz y el color. En ella se aprecian fuertes influencias del maestro Zhang Yimou —al que se homenajea explícitamente—, del cine iraní y, por supuesto, del neorrealismo italiano, pues las referencias a Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica, van mucho más allá del título y del arranque argumental.Todo ese esmero formal beneficia la calidad de las interpretaciones, todas ellas de gran frescura y dramatismo, especialmente las de los jóvenes Cui Lin y Li Bin, justamente galardonados en Berlín con el Premio a los Actores Revelación. Ellos dan verosimilitud y entidad a las jugosas reflexiones del film sobre el sentido del trabajo y las exigencias del amor auténtico; y encarnan muy bien los contrastes entre la ciudad y el campo, la modernidad y la tradición, la moralidad y la frivolidad, la sencillez y la vanidad. Sólo cabe reprochar la cruda violencia del desenlace, coherente quizá con la agresividad latente en el desarrollo, pero excesiva en su concreta representación y en su pesimismo. Es tan fría su crudeza que resta cercanía y hondura a los entrañables personajes principales, y deja en el espectador un ingrato regusto amargo, sólo comprensible si ese final tuviera pretensiones de simbólica denuncia política. J.J.M.

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