1/4: 21 hs. – CINECLUB DE LA TRAPALANDA en Río Cuarto

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21 HS. – CENTRO CULTURAL DE LA TRAPALANDA – Colón 149 – Río Cuarto

Función homenaje a Eric Rohmer:

Cuento de Verano, de Eric Rohmer (Francia, 1995, 113 min.)

Eric Rohmer

ERIC ROHMER

Primera cualidad del cine de Eric Rohmer: la paciencia. No solamente la de un hombre tan seguro de sí mismo como para imponerse –por el momento con un largometraje y algunas películas pedagógicas- como uno de los «grandes» del joven cine francés. Pero también en una obra donde todo nos llevas siempre hacia esa virtud primordial: saber esperar, aprender a ver; lo que es, gracias al cine, una sola y misma cosa. Como si el mundo no fuera más que un inmenso repertorio de lecciones de cosas que todavía no hemos recorrido.

La primera mirada no enseña nada. Pero detrás se encuentra la neutralidad de las apariencias –con Rohmer, nada se subraya jamás, aún menos privilegiado- una lección que merecer, un orden que descubrir, una verdad para poner en evidencia. Esa lenta madurez será el propio tiempo del filme, es decir, lejos de excluir los tiempos muertos y los detalles, no es posible más que a través de ellos.

El principio es también simple: catapultar las ideas contra la experiencias, observar escrupulosamente y ver el resultado. La experiencia es para Rohmer un poco lo que era para Hawks: la única realidad, que india dónde está lo posible y dónde lo imposible, rechazando este, tratando de agotar aquel. Toda idea que no haya sido experimentada –es decir, encarnada, filmada- no existe. Igual para los personajes: para los que consienten en ver alguna cosa, les es preciso un periplo, una iniciación, una prueba al final de la cual ellos habrán merecido lo que ya tenían pero que debería volverse más profundo. En Le Signe du lion, es preciso merecer la riqueza por una prueba de pobreza que obliga a redescubrirlo todo, a ver mejor. La misma situación para un registro menos grave en La Boulangère de Monceau.

La experiencia exige la mayor honestidad, muchos escrúpulos, minucias. Pero Rohmer es ese cineasta encantado por la geografía, las ciudades, los mapas, las piedras, todo lo que puede ofrecer esa resistencia impersonal que vuelve a las aventuras humanas las más ejemplares.

Pero la ficción es siempre una trampa: hay que disimular, moderar sus efectos. Es todo lo contrario que con las películas pedagógicas donde Rohmer encuentra la pasión y la precisión, el odio de lo impreciso y de la entropía, la belleza de un razonamiento y el lado ineluctable de toda experiencia. En Les Cabinets de physique au XVIIIe siècle, que quizá sea su obra maestra, le basta con filmar una experiencia de física, paso a paso, para que nazca la emoción más simple. Y también la más extraña seguramente, ya que nace únicamente de la exactitud.

Serge Daney
Dictionnaire du cinéma. Éditions Universitaires, 1966 / Extraído del blog Mucho tiempo he estado acostándome temprano

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