21/4: CINECLUB 9 REINAS en Villa Allende: Cine Oriental

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21 hs. – Oniria Intervalo Cultural / Av. del Carmen 277, Villa Allende, Córdoba.

Ciclo de Cine Oriental

Fotograma de Tropical Malady

21 hs. – Tropical malady, de Apichatpong Weerasethakul (Corea del Sur/Japón, 2004, 88 min.)

Apichatpong Weerasethakul, el intermediario

Confesión: sobre el frente de relaciones entre el arte y el cine, en sus posibles cruces, habíamos, desde hace un tiempo, bajado la guardia, exasperados o decepcionados por la manifestación nostálgica del «séptimo arte» y la manifestación y repetición de los grandes metteurs en scène como malos artistas plásticos. Ha bastado con un día pasado en las salas de Primitive, la primera gran exposición de Apichatpong Weerasethakul en Francia, para que nuestro interés se reavive con una fuerza inesperada. Y no solamente con motivo de la imaginación sin límites que encontramos en el cineasta tailandés, sino incluso en el sentido en el que los términos del debate quedaban aquí renovados. En efecto, sin los lazos entre arte y cine se encuentran en el corazón de Primitive, no es por razones formales o teóricas sino, de modo más dramático, porque la expresión, en su conjunto, queda atravesada por la búsqueda de un “lugar nuevo”: un espacio posible para acoger a personajes inéditos, tan frágiles y juguetones como desesperados.

Plataforma múltiple

Que Apichatpong Weerasethakul sea el dueño de la obra de esta experiencia no es algo totalmente sorprendente. Forma parte de un grupo de cineastas que no ha conocido, desde el comienzo de su carrera, la barrera de las disciplinas. Así, cuando Blissfoully Yours se impuso como la revelación en el Festival de Cannes de 2002, Weerasethakul era en ese mismo momento un artista invitado al Palais de Tokyo y su película había sido producido por la compañía Anna Sanders, dirigida por los artistas Pierre Huyghe, Philippe Parreno y Dominique Gonzalez-Foerster. E incluso si, desde hace tiempo, si su prestigio se ha consolidado en el éxito por parte de la crítica con cada uno de sus largometrajes que hemos encontrado, él no ha parado, por lo tanto, de producir videos, más artísticos o experimentales, para diferentes museos o galerías. Lo que permite apreciar la exposición del Musée d´Art Moderne, es entonces la amplitud exacta de su trabajo.

El proyecto Primitive, se anuncia, de entrada, como «plataforma», incluyendo, más allá de la exposición presentada, el próximo largometraje del cineasta Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives (en rodaje). Puede que en efecto este tipo de anuncios no sea lo más interesante aquí tal y como tenemos la impresión, después de haber recorrido las salas del MAM, tras haber estado frente a un conjunto de piezas que poseen ya una coherencia interna y su propio tema. Entre la película que vendrá y la exposición actual, el lazo no parece sobrepasar los juegos de ecos temáticos, alrededor de las cuestiones de la memoria individual y colectiva, como existe ya entre las diferentes partes de la obra de un artista.

Si la exposición Pritimive navega entre el arte y el cine, es menos en función de un trascurso exterior (la película Uncle Boonmee) que de forma interna, en las relaciones entre sus diferentes componentes y esas relaciones establecidas entre ellos. Primitive se compone en efecto de una decena de trabajos (libro, dibujo, fotos, videos sobre todo) realizados en el poblado de Nabua. En este pequeño poblado del noroeste de Tailandia, la armada nacional ha masacrado, hace una cuarentena de años, las granjas comunistas. Apichatpong Weerasethakul decidió instalarse durante varias semanas, para explorar, de forma indirecta, esta misma sepultura. Filmando la desocupación cotidiana de los adolescentes, escuchando sus historias y sus canciones, proponiéndoles también actividades extrañas y nuevas: filmar un videoclip, construir una nave espacial.

Han surgido un conjunto de piezas brillantes que para algunos guardan cuenta con el documental (Making of the Spaceship), para otros el cuento cruel (An Evening Shoot: los adolescentes disfrazados como soldados disparando contra un joven que cae y luego se levanta; A Delicated Machine: una nave espacial que despega débilmente por los aires tras volver a posarse), para otros también al experiencia musical (Nabua Song, protest song nostálgica; I´m Still Breathing, largo clip hedonista). Y este conjunto compondría sin duda algo así como una exposición de arte contemporáneo si no fuera animada por completo por un video epónimo que reinscribe en este espacio la cuestión del cine.

Una instalación cinematográfica

A pesar de que Primitive se disponga en dos pantallas en ángulo abierto, no es una instalación común para el flaneur baudeleriano. La gran sala que ocupa viene a concluir con el recorrido. Y tras el visionado, el espectador no tiene otra elección que dar media vuelta. Una atmósfera sonora densa (ruidos de la jungla) y dos bancos dispuestos a lo largo de la pared separan el lugar. Definida espacialmente como un término, condensa y reúne, en ella, todos los elementos que hemos visto anteriormente en los trabajos separados: explosiones, fuego y humo, adolescentes, adolescentes, guitarras y una nave espacial.

Pero todos estos componentes entran aquí en resonancia unos con los otros encontrando su lugar en el seno de una duración articulada. El espectado llega a un momento arbitrario de la proyección del filme, que no posee un comienzo, una mitad y un final, claramente delimitados, más que siguiendo el curso de un día. Primera secuencia: en mitad del mediodía, los adolescentes se sumergen desde lo alto de una presa, lanzándose desde una plataforma circular, dando vueltas con sus motos o simulando una batalla en medio de una nube de humo. Segunda secuencia (la más corta): mientras que la tarde cae en la jungla, una figura blanca, extrañamente vestida y enmascarada, atraviesa a paso rápido un claro del bosque, se incendia y se desploma. Tercera secuencia: un grupo pasea en la noche, provisto de antorchas, y juega con fuegos artificiales mientras que oro duerme y discute, tumbados en el corazón rojizo de la nave.

Este relato está por otro lado sostenido por un relato fragmentario en voz en off. Un joven cuenta cómo, de niño, perseguía en la jungla los halos de luz que, al modo de linternas mágicas, proyectaban las historias de los personajes fantásticos, lobo o princesa; cómo estas visiones desaparecían progresivamente en la adolescencia; cómo definitivamente volvían como sueños en la edad adulta en tanto que imágenes de vidas anteriores, acompañadas de un nuevo sueño, una máquina con la que viajar al futuro. Los tres tiempos del relato y los tres momentos del día de los adolescentes construyen de ese modo una doble ficción disyuntiva, sobre los juegos colectivos y los sueños individuales, que para empezar no parecen coincidir más que de forma lejana, por simples motivos geográficos y visuales (la jungla, las luces).

Pero, mientras que la película vuelve a comenzar en bucle, el espectador percibe poco a poco cada vez con mayor claridad una distinción en la forma en que las dos pantallas reaccionan la una en la otra, en el sentido químico del término, en relación a la historia contada. Si la pantalla de la izquierda permanece continuamente del lado de la inscripción documental, la de la derecha presenta, por su parte, un mundo más inestable e híbrido, más permeable o fantástico. Es en la pantalla de la derecha por ejemplo donde aparecen los subtítulos, como si solo ella hablara. Es también en la pantalla de la derecha donde se dibuja la extraña figura, un poco princesa, un poco lobo, que camina y se incendia. Es en esa misma pantalla, en fin, donde se estiba la nave espacial: en una lejana humareda al comienzo, después de forma central a lo largo de toda la escena nocturna. A lo largo del relato de la vida futura, un episodio es tomado en la imagen de nuevo de forma literal, como si los adolescentes adormecidos se convirtieran, por un momento, en los actores inconscientes del sueño del narrador.

Hemisferios y tópico

Ahora bien, esta diferencia de naturaleza entre las dos pantallas no implica que no notemos otros tipos de fracturas o de división en la filmografía del cineasta, en particular en la gran ruptura de Tropical Malady: una historia de amor entre dos chicos era tratada desde el comienzo de forma naturalista antes de ser interpretada, en un segundo momento, bajo la forma del cuento y de la caza del tigre. Por lo tanto, la ecuación es más compleja en Primitive: no se trata únicamente de la reformulación de una misma historia, sino de la interpretación de dos ficciones concurrentes (los juegos, los sueños) que necesidad de la añadidura de un tercer final más flotante. Y la copresencia espacial reemplaza, en parte, la sucesión temporal.

Forzando apenas el trazo, podríamos decir que la instalación de Primitive forma una especie de tópico freudiano, donde el inconsciente de la voz en off viene a perturbar la consciencia de las imágenes en el seno de una pantalla subconsciente. En la Haus der Kunst de Munich, donde la exposición se presentó la primavera pasada, las dos pantallas se encontraban dispuestas la una sobre la otra. La supresión de esta superposición visual tiene sin duda la oportunidad de ocupar el espacio parisino, más amplio y más desocupado. Indica probablemente la preocupación del artista por evitar una lectura simbólica demasiado insistente. Puestas directamente en el suelo, las dos pantallas de Primitive evocan también las dos regiones de un cerebro donde solo un hemisferio sería sensible al lenguaje.

Deberíamos estudiar más detalladamente las reglas y las perturbaciones de esta visión estereofónica (también las imágenes documentales de la pantalla de la izquierda desbordan por intervalos regulares la pantalla de la derecha, pero solo una luz roja, como escapada del corazón de la nave, llega a desplazarse, en la duración de un plano, en la pantalla de la izquierda). Pero tememos dar ya una visión demasiado seca y abstracta de un trabajo que funciona, en todo momento, a través de la evidencia poética de estos acercamientos: de un gato salvaje aplastado en los delicados brazos contra la máscara de un soldado perdido en la batalla, de un rostro acostado de perfil a un rostro dibujado de frente, de un adormecimiento colectivo a la deflagración coloreada de un cohete. Este inquieto Edén de juegos y sueños no para también de oscilar también entre la disolución onírica y la amenaza marcial. Es suficiente por ejemplo por ejemplo con que el relato se detenga brevemente y que otra voz se interponga en un aviso brutal: «¡A tierra! ¡Bocabajo!», para que la violencia interpretada de las peleas y de las explosiones encuentre, en el instante, su peso de realidad.

El crepúsculo de la adolescencia

El conjunto de Primitive se ha realizado en un periodo de intensa contestación social en Tailandia y, si este trabajo evoca para empezar la memoria de una masacre pasada, entra también en resonancia con las luchas actuales. Todo sucede como, si de cara a este tartamudeo terrorífico de la historia, Apichatpong Weerasethakul hubieran buscado reunir todas sus fuerzas, tanto artísticas como cinematográficas, para concebir una obra de resistencia que sea a la vez lúdica y soñadora, individual y colectiva, explotada y reunida, aleatoria y construida.

En el seno mismo de la exposición, la instalación cinematográfica Primitive condensa, hasta su punto de incandescencia, sus deseos contradictorios. Los jóvenes que presentan avanzan a lo largo de un espacio paradójico, una zona mutante entre el día y la noche, como entre la infancia y la edad adulta. Puesto que si recuerdan, a primera vista, a los adolescentes de Gus van Sant, o a los kids de Larry Clark, su teatro mágico, que interpreta en la jungla la violencia del mundo, les reenvía más bien junto a las antiguas figuras de los maestros locos de Jean Rouch. Y solo sin duda un dispositivo, errado e híbrido, podría dibujar la escena inflamable de esta adolescencia crepuscular.

Patrice Blouin
Cahiers du cinéma, nº 650

(Texto extraído de muchotiempohestadoacostandometemprano.blogspot.com )


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