3/6 – CINECLUB MIREVEA en San Marcos Sierras

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20 hs. en EL MISTOL (frente a la plaza), San Marcos Sierras / Bono contribución $ 5

Almanaque de otoño, de Bela Tarr (Hungría, 1985, 115 min.). Corto previo: Un minuto, una imagen, de Agnès Varda(Francia, 1983, 25 min.)

Es sin duda el diablo quien me sirve de guía. Él vaga sin rumbo, da vueltas en círculo. «Pushkin»

Öszi Almanach emerge como un punto de inflexión en la obra de Béla Tarr. Primero desarrolló su etapa de cine social (Family Nest, The Outsider y The Prefab People) y después su última y diametralmente opuesta etapa de cine contemplativo (Kárhozat, Sátántangó, Werckmeister Harmóniák y A Londoni Férfi). En medio de ambas etapas se encuentra Öszi Almanach.

Se podría considerar como un paso dubitativo, una toma de aire, quizás, antes de abandonar radicalmente la temática social para comenzar a explotar la influencia del cine de Tarkovski y Antonioni en su hasta ahora labrada época contemplativa.

Por todo ello estamos hablando de una película extraña, tanto dentro como fuera de su contexto. Profundamente teatral, tanto en el tratamiento de los diálogos en forma de pseudo-soliloquios discursivos, como en el del entorno y los escenarios.

Dicen que el húngaro es el único idioma al que hasta el mismo diablo le tiene respeto. Ese refrán magyar viene acentuado por un raro componente demoníaco (del que ya hablaba Jonathan Rosenbaum) presente en gran parte de los films de Tarr. Ese componente se hace presente aquí en unos versos de Pushkin que abren la película, y que plasman de manera sutil la esencia de la misma: una criatura misteriosa, díscola, amarga, que no hace más que dar vueltas en círculo por oscuros derroteros, siempre perdida.

Podríamos decir que se trata de un drama de interiores, tanto física como espiritualmente hablando, donde todo cobra importancia, desde la presencia de una casa sin un principio ni un fin, constituida de forma caprichosa, como un cúmulo de amplias y desoladas habitaciones inconexamente dispersas en medio de un vacío negro; hasta el retrato de una comunidad difuminada y desfigurada cuyos cinco integrantes no hacen sino pulular por un territorio hostil completamente aislados del mundo real.

Segundo film en color en la filmografía de Béla Tarr, después de la obra televisiva Macbeth (estructurada en tan sólo dos planos), con la que comparte su vocación teatral, podemos destacar en él la vistosidad de su iluminación, orquestada por nada menos que tres personas, donde más allá de lo original de dividir la escena en dos partes separadas por el azul y el rojo (y de su supuesto simbolismo), destaca la elaboración arbitraria de una fotografía destinada a crear cuadros con un aroma fantasmal y surrealista, donde la luz sale de los lugares más insospechados, donde el juego de sombras y colores refuerza la idea de incomunicación con el mundo exterior, encerrando el escenario de este modo en el reino de los sueños y de las pesadillas.

El trabajo de cámara se basa en el montaje externo -contrariamente a los films posteriores donde el plano-secuencia es el recurso estético y dramático escogido-; confeccionando encuadres sugestivos y variados y planos tan fascinantes como transgresores (hay unos cuantos travellings que apuntan maneras para sus siguientes trabajos).

Almanaque de Otoño es, en definitiva, como decía el título de un comentario de la película en el IMDB: An intensely intelligent film about failed relationships; o lo que es lo mismo: el triste acercamiento al fracaso de unas relaciones que, ya sea por impotencia, odio o indeferencia, acaban destruyendo a unos y cambiando a otros para culminar en una insólita catarsis final, cuya última exhalación resulta triste y desolada.

El otoño es siempre el momento de calma que precede a la muerte, la tensión entre la vida plena del verano y la extinción del invierno, el momento de espera, el lapso de tiempo en que uno mira al pasado y recuerda. Hédi, la protagonista del film, está en el otoño de su vida, una mujer entrada en años con la memoria clavada en el pasado. Todo nos lleva pues a la sumisión ante la nostalgia, sentimiento que impregna el film y que subrayan briosamente la iluminación y la, como siempre, magistral música de Mihály Víg, que viene a dotar de un misticismo de ensueño a los parajes que habitan la cinta.

Destacar las actuaciones de una fuerza paralizante, como dice Wilmington, donde brillan con luz propia y por encima de los demás la asombrosa Hédi Temessy (Kárhozat) y el portentoso Miklós B. Székely (Karrer en Kárhozat y Futaki en Sátántangó), que con sus silencios, sus miradas, demuestran un dominio que literalmente llena la pantalla. Aún así, también son dignos de mención los demás: János Derzsi (Sátántangó, Werckmeister Harmóniák y A Londoni Férfi), la preciosa Erika Bodnár y Pál Hetényi, todos ellos dando vida a unos personajes en constante desconcierto, decepción y reflexión.

Tarr apuesta en esta película por un cine inexorable, que no viene de ni va a ninguna parte, como la casa y los personajes que habitan en ella.

¿Por qué está tan cansada Hédi?
¿Por qué llora János?
¿Es Miklós un nihilista?
¿Es Anna una arpía?
¿Es Tibor un derrotado?

Hago mías las palabras que usó Borges para definir el Benito Cereno de Melville: Tarr se propuso la realización de una película deliberadamente inexplicable que fuera un símbolo cabal de este mundo, también inexplicable.
Amén.

Alexis Castro

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