21/7 – CON LOS OJOS ABIERTOS en La Cumbre

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LA CUMBRE: EN EL CINE LUIS BERTI, BELGRANO 470

PELÍCULA DEL MES

21 de julio, a las 20.30hs:

https://i2.wp.com/media.ifccenter.com/images/films/24-city_592x299.jpg

Ciudad 24, de Jia Zhang-ke, China, 2008

106’ / ATP

Cortometraje: Guernica (13’), de Alain Resnais y Robert Hessens, Francia, 1950

Este soberbio y conmovedor documental, de uno de los grandes maestros del cine contemporáneo y figura rutilante de la Sexta Generación del cine chino, no es otra cosa que un intento de retener la memoria histórica y política de un tiempo ya acontecido (la China maoísta) en el discurso y experiencia de sus protagonistas (los obreros de una fábrica). El traspaso de las tierras de la vieja fábrica 420 de Chengdu, alguna vez centro de fabricaciones militares en donde trabajaban 30.000 operarios, ahora plataforma de un futuro complejo privado habitacional moderno, le sirve al “sismógrafo” Jia para documentar la instauración de un nuevo estilo de vida. “El socialismo chino como experimento ha concluido en su costado económico”, dice el director y agrega: “Lo que estoy enfrentando es la memoria de aquel experimento y los modos en los que afectó la vida de los trabajadores”. Mientras los entrevistados (la mayoría ex-operarios de la fábrica) reviven oralmente la Historia, Jia registra la demolición paulatina de una arquitectura cuyos cimientos son manuscritos indirectos de otro tiempo. El devenir capitalista de China se percibe tanto en las trasmutaciones edilicias como en la conducta de sus personajes, sobre todo en quienes pretenden ser entrevistados pero que en realidad son actores reconocidos interpretando a hijos de operarios. Joan Chen, por ejemplo, encarna a una mujer soltera de Shangai cuyo apodo coincide con el nombre de un personaje de un film interpretado por la misma Chen. Jia filma los espacios como entes animados; la música revela el ánimo de distintos períodos (cuerdas para el pasado, música electrónica para el presente); los rostros y los cuerpos expresan un código lejano. Así, los planos iniciales en los que se ven los rostros de cientos de operarios en una ceremonia denotan los vestigios del colectivismo de antaño; los planos finales en los que la figura de Zhao Tao prevalece son su respuesta dialéctica: el rostro de esa mujer de negocios condensa un fenómeno reciente, el individualismo extremo, una modalidad de subjetividad inimaginable en tiempos en los que el bienestar personal (y privatizado) detenía la marcha de la Historia. (Roger Koza)

Otra mirada sobre la película en este texto del crítico cordobés Fernando Pujato:

En compañía de los otros

En uno de sus escritos dedicado a Bazin, justo al comienzo de éste, Daney señalaba que los grandes cineastas tienen sólo “una” idea, que van renovando y reelaborando a medida que la transitan aunque “el precio a pagar por ello, ya lo sabemos, es una cierta soledad”.
Quedan pocas dudas en cuento a lo que Jia Zhang-ké viene filmando desde los inicios de su carrera: la celeridad y la profundidad de los cambios que se están operando en la China contemporánea o, un tanto más acotadamente, en el período que va desde los estertores de la Revolución cultural hasta ayer nomás, hasta nuestros días.
Y soledad, sí. La de uno de los pocos cineastas en la actualidad que a través de una exquisita poiesis formal logra mostrarnos el derrumbe -y no sólo literalmente- de una idea, de un sueño, de un sistema, a la vez que la emergencia de aquello que hace bastante tiempo ya era denominado como la globalización económica, o el triunfo (¿irreversible?) del sistema capitalista a nivel planetario. Pero también-y esto quizá sea uno de los rasgos más notorios que deja ver la obra de Jia- la absoluta soledad de sus personajes; que no es precisamente voluntaria, una elección conciente e individual que funciona como una causa eficiente en un nuevo orden relacional, ni tampoco el designio de un destino ineluctable cuya génesis se pierde en vaya a saber qué pretéritos laberintos religiosos. Esa soledad que atraviesa toda su filmografía hasta éste, su penúltimo film es, por supuesto, la irónica consecuencia de éstos escombros de aquél presente, de aquellas ruinas de este pasado.
Porque no es una paradoja que en un lugar donde todo está expuesto, en el cual parece imposible no sentirse “acompañado” por otras gentes y dentro del cual es inevitable no padecer la omnívora presencia del Estado (los megáfonos, los coros y los carteles están siempre allí para recordárnoslo) esa moderna noción de abandono, de aislamiento, de “retiro de todo”, se haya instalado mucho más sólidamente que la ilusoria pretensión de un discurso se pertenencia transnacional, transhistórico, trascendente. ¿Qué otra cosa puede esperarse de millones de personas desarraigadas, trasladadas desde su lugar de origen a distancias casi inimaginables, arrojadas a un mundo que aún no comprenden porque aún no está hecho?. No mucho más que el cegador fuera de campo conque culmina la desvastadora soledad de Pickpocket o el solitario plano de “pequeña flor” ataviada operíticamente bajando de espaldas por esa calle que Jia filmó siempre, en Ciudad 24.
Y este film, que acaso no sea menos ficcional que Platform ni más documental que Still Life, es no sólo una síntesis autorial, un duelo desgarrador, un pesar colectivo, una urgencia “capital” o una verdad histórica; es también un riesgo.
En un época en que elaborar documentales está casi tan pautado como producir wolrd-cinema y en la cual parece ser una moda ideológica alumbrar el presente con un complaciente pasado, uno de los directores de cine más importantes de los últimos veinte años “desborda” su película con testimonios dentro de colectivos (que funcionan, al igual que en el cine de Kiarostami, como un espacio fílmico de subjetividades públicas), presencias ficcionales, emoción formal y rigor poético. Tal vez hubiera sido más fácil, cómodo y seguro refugiarse en los esqueletos de ayer y en las maquetas del mañana. Pero una idea y muchas soledades exigen algo más que esto, exigen el filmar la compañía de los otros.

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