22/7 – CINECLUB MIREVEA en San Marcos Sierras

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20 hs. en EL MISTOL (frente a la plaza), San Marcos Sierras / Bono contribución $ 5

20 hs. – Japón, de Carlos Reygadas (México/Alemania/Holanda/España, 2002, 132 min.)


Japón: un lugar donde resolver(se)

“Mi papá vive solo en el desierto. Dice que no se lleva bien con la gente”

Sam Shepard. Crónicas de Motel.

I. A matarme.

La cámara nos introduce en la ciudad de México en pleno trancón dentro de un túnel. Poco a poco va apareciendo la autopista y la ciudad va quedando atrás, llega la noche y con ella la salida de la gran urbe. Amanece y estamos en el campo, se escucha el viento soplar, no hay casas, sólo un niño que recoge los pájaros que su padre está cazando. Un hombre, que ha salido de la ciudad, quiere ir a un pueblo remoto en las montañas. El cazador pregunta: ¿A que decía que iba a ese pueblo perdido? Luego de un silencio largo e inquietante el hombre responde: A matarme.

Japón es el lugar a donde se va a buscar la muerte. Japón es un ambiente en el que ya no se espera mucho del mundo. Un lugar para poder escuchar un poco de música y mirar los colores de la montaña. Japón es una película, escrita, dirigida y producida por la misma persona, que sigue con detalle y paciencia a un personaje en un viaje hacia lo recóndito de la geografía y de sí mismo. Nada se nos dice de antemano sobre él, no se nos introduce formalmente su conflicto, simplemente las cosas van pasando y uno va uniendo pedazos de sonidos y de imágenes para construir la “historia” de un personaje silencioso y de rostro duro que afirma sin dar más explicaciones que desea matarse.

II. Pero quién dijo hoteles.

Japón es una película minuciosa, intimista, detallista y con cierto tono documental. Abundan las tomas largas del hombre caminando por la montaña, la cámara lo sigue a su espalda, recordando un poco esa forma de seguir los personajes que tienen los hermanos Dardenne. Japón es la relación de un hombre que se ha salido de la ciudad y la gente de un pequeño pueblo. Extraños los unos a los otros. La película nos muestra la vida del pueblo, su devenir diario: la niña que da de beber tequila a su padre que no puede usar las manos para sostener la botella, los niños nadando en el pequeño río, la cámara siempre muy de cerca de los niños.

El hombre es un personaje desencajado y en conflicto con su existencia y que quiere refugiarse. La película se une a su propósito de fuga. Esos lugares del pequeño pueblo, que él hombre recuerda están llenos del embrujo que tienen los sitios predilectos de la infancia (de la infancia de Reygadas según sus declaraciones). A esos lugares vuelve este hombre para dar muerte a algo que en él que ya no puede ser. Una mañana saca sus pinturas y los niños del pueblo se le acercan y él comienza a regalarlas una a una y los niños desfilan por enfrente de él en una larga secuencia cubierta por la música de cámara que él hombre escucha en su radio. Los niños pasan, los árboles son movidos por el viento, hay niños pequeños, niños gordos, niños de pelo largo, niños con la camisa por dentro, niños con los pantalones rasgados, niñas adolescentes, un joven que fuma, unos llevan gorras, otros van descalzos y así van pasando, al parecer por orden de edad, como si fuera una secuencia temporal de las mismas personas. El hombre y nosotros simplemente miramos desde una distancia que impide casi cualquier intervención. Al final la cámara gira, se ve el campo abierto y en dirección opuesta aparecen dos viejos que saludan al hombre. Símbolo o no, se trata de una demostración magistral de la mirada contemplativa en el cine.

III. Asunción. Ascensión.

Asces le dicen en el pueblo y vive en una casa sobre la montaña. En las tardes cuando hay mucho calor se sienta con los hombres del pueblo y toma un poco de chicha o sale a recoger algunas nueces. Su casa es vieja como ella, se nota el paso del tiempo en las paredes y en la piel. Ella sabe muchas cosas, a veces juega con las palabras, Con él comienza una relación de reconocimiento. Se fuman un porro. El sueña con ella en una playa donde sale una mujer de cuerpo esbelto que luego besa a Asces. En él se juntan simultáneamente el deseo sexual, el deseo de darse muerte con la propia mano y el deseo de conocer(la). Toca su arma. Toca su pene. Camina hacia la montaña. Cae sobre la roca, llega junto al abismo y quiere dispararse. Acabar con todo su mundo. No sabemos por qué, no al menos en un sentido estricto, pero la película nos da pistas para intuirlo, la mejor de todas es su rostro y su cojera. Ese hombre ha vivido ya muchas cosas y le sobra el mundo. Ahora junto al abismo hay un momento de cierre. Él se pone junto a un caballo muerto. La lluvia cae. Hay mucho verde del campo y mucho azul del cielo, ambos se juntan para resplandecer en el color que les asigna la película de cine. Él se lanza. La música comienza un contrapunto intenso con las imágenes. La cámara comienza a volar en círculos, el hombre y el caballo muerto tendidos en el piso. El gran cañón que abre la mirada hasta el infinito. Una escena de gran intensidad como pocas. Si fuera necesario evocar alguna referencia la primera sería Tarkovski y esos objetos que caen en la casa de Zerkalo (El espejo). Reygadas se estrena en el cine dando a su film toda la libertad posible. Japón se abre sobre sí misma e insinúa reflexiones, sensaciones e ideas. Pero es sólo eso, una insinuación. A nosotros nos queda el resto.

IV. Usted lo que quiere es fornicarme hoy mismo.

Japón es la descripción del encuentro entre Asces y el hombre. El hombre desarrolla un deseo por Asces que para él mismo es difícil de explicar, pero que queda latente en los planos detallados de los vestidos y los movimientos del cuerpo de ella. Deseo que viene de los sueños y que parece sugerido por la naturaleza exuberante del campo en donde los caballos copulan a la luz de la mañana mientras los niños juegan al fútbol. Reygadas logra introducir el erotismo entre dos seres aparentemente arruinados, una por su vejez y pobreza y el otro por su desesperación e incapacidad de comunicación. Los dos se acercan. Desde la distancia gigantesca que los separa se nota un vínculo. Ambos son seres desplazados del mundo, los niños dicen que la vieja está loca y el hombre no es capaz de encontrar lugar en los sitios donde los hombres van a “divertirse”. Y nuevamente aparece la música como contrapunto de todos los conflictos, es ésta quien señala el choque del hombre con la gente del pueblo y es ella la que permite que Asces y el hombre puedan entablar una confianza más allá de lo que muchos prejuicios y normas permiten. Su encuentro y la forma en que Reygadas lo retrata es un momento rebelde, una joya de la fascinación erótica. Una cama desvencijada en una casa prácticamente en ruinas es el escenario de un encuentro de dos seres salidos, golpeados, pero resistentes. Allí solos, desnudos, en silencio, se enfrentan a sus propias miserias. El llanto surge desde una tragedia que no se enuncia pero que late en el ambiente. El sexo se convierte en un lugar de unión de dos seres identificados por sus agonías comunes aunque dispares. Allí solos y desnudos también se enfrentan a todos los demás que quieren imponerles su propia lógica para sacar partido propio. Esos otros que destruyen la casa de Asces y que hacen que después de la jornada ella les sirva el tequila en medio de una delirante escena de canciones cortadas por los defectos de la voz y del tequila que funde las distancias entre la realidad del pueblo y la ficción de la película.

V. Aunque mí no me gustan mis brazos viejos y enfermos no me los cortaría.

En un acto de inusitada habilidad cinematográfica Reygadas concluye su ópera prima en un tono agónico. La cámara arranca por la vía del tren, gira y avanza en espiral abriendo el campo totalmente para que todo lo que está alrededor pueda estar en la película. Reygadas quiere sumergirnos en la escena. Vemos las nubes sobre el campo, la música se desata sobre la naturaleza, las rocas esparcidas, un zapato tirado, los cuerpos regados. La muerte se hace presente bajo las nubes de un inexplicable y perdido paraje del mundo.

Mauricio Alvarez

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