Crítica de “SÜDEN”, de Gastón Solnicki – por Roger Alan Koza

by

PLANOS PARA MALOGRAR LO BRUTAL

por Roger Alan Koza

Se insiste una y otra vez que la música es un lenguaje universal. Es decir, un griego, un chino, un argentino, un escocés, pueden hablar distintas lenguas pero ante el universo sonoro todos comprenden y sienten lo mismo. Es un truismo y una extraña convalidación de un fenómeno difuso: la globalización de un sistema sonoro esencialmente homogéneo; si Hollywood es la matriz del cine, la MTV y sus derivados hacen lo suyo por la música.

La materia sonora es susceptible de ser dispuesta en múltiples formas. La música india y la música javanesa, por citar dos casos paradigmáticos, así lo demuestran, pero, sin apelar a un conveniente exotismo, en el propio seno de la música de Occidente existen expresiones que dan cuenta de que el lenguaje musical no se puede reducir a un universalismo abstracto y acomodaticio. La música de Kagel es un buen ejemplo de la versatilidad de los lenguajes musicales, evidencia contundente de que hay universos sonoros más allá de las armonías preestablecidas, las certidumbres melódicas y el paraíso de la canción.

Dice el músico argentino Mauricio Kagel, en la sutil e inteligente película de Gastón Solnicki: “La música contemporánea es la música de hoy, como producto del desarrollo del lenguaje musical. Un compositor se sienta a las nueve o diez de la mañana en su mesa de trabajo y está todo el día inventando música. Pero la gente que no hace música lo que desea profundamente es entretenerse. No dejan de estar influenciados por una cierta tendencia a consumir la música, no a repensar la música. Y ese entretenimiento usted no lo puede condenar… Lo que se necesita es ayudar al público, y llevarlo a reflexionar sobre la música. La música del siglo XX trae muchas preguntas. El oyente tiene que trabajar. Pero cuando entra en ciertas zonas espirituales de la música contemporánea, la música también actúa como una droga y la quiere volver a escuchar”.

La declaración de Kagel excede el campo de la música y bien se aplica al cine. No se trata de condenar a quien mira películas chatarra o reacciona con desprecio respecto de aquellas películas que pertenecen al nicho genérico del cine arte. Kagel percibe un obstáculo metodológico: no hay intercesores entre la música que entrena y no entretiene, falta una pedagogía del oyente para poder eventualmente instaurar una práctica y proponer así una experiencia con la música, acaso espiritual, si por esto se concibe un trabajo sobre la percepción sonora que afecta al sujeto en su relación con la totalidad del mundo. Nuevamente, se puede decir imágenes en vez de sonidos. El problema es el mismo: ¿cómo restaurar las facultades perceptivas de un sujeto intoxicado por un régimen audiovisual y sonoro en el que cine y música son mercancías inmateriales de consumo?

Süden es, en primera instancia, un documental sobre el esperado regreso del compositor argentino Mauricio Kagel, radicado en Colonia, Alemania, tras 40 años de no visitar su país. Invitado por el Centro de Experimentación del Teatro Colón en el 2006, Kagel vuelve a ver Buenos Aires, una ciudad que parece apreciar aunque no la ha elegido para vivir. El film no explicita por qué se fue décadas atrás, aunque indirectamente deja bien en claro el conjunto de desgracias que todo artista dedicado a la música contemporánea habrá de enfrentar si pretende ser fiel a su profesión y vivir en Argentina.

En escasos 65 minutos, Solnicki habrá de registrar algunos ensayos y algunas anécdotas simpáticas de algunos de los músicos (una desopilante visita a un dentista, la compra de facturas, una fiesta de recepción en una embajada, la discusión insólita con un afinador profesional). El momento cardinal y sublime, se cree, habrá de ser la presentación en el Teatro Colón. Si en el plano inicial se ve Alemania, el último plano mostrará el Colón. Todo indicaría que estamos ante esas películas cuyo último acto funciona como un atractor extraño, en el que todo lo que vemos habrá de revelar su secreto en el desenlace.

Pero Solnicki toma una decisión notable: el concierto quedará en un fuera de campo radical, apenas se verá la satisfacción de algunos músicos después del concierto, pero nunca se los verá tocando sus instrumentos. A Kagel, inclusive, se lo podrá ver detrás de bambalinas, antes, durante y después de la función, jamás dirigiendo. Es ostensible que la noche del Colón ha sido un éxito, pero Solinicki opta por la elipsis. Así, el clímax, el concierto en vivo, permanecerá como una improbable promesa para otra película, pues aquí mostrar la consagración podría sustituir la agenda discreta pero vital de Süden: registrar y enseñar el trabajo sobre la experiencia musical, un esfuerzo combinado de algunos hombres que disponen de técnica y sensibilidad, pero que solamente pueden hacer música en la medida en que habitan y se entregan a un espacio sonoro comunitario. En efecto, es un ensamble, y el todo es mucho más que la suma de las partes.

Es por eso que Süden funciona por contrapuntos y oposiciones. Es una película de primeros planos precisos que se armonizan con planos medios y algunos generales, de lo que se predica un juego entre lo singular (el músico) y lo general (la música) que permite ver el proceso creativo, el trabajo musical en sí. La puesta en escena interactúa con la materia musical, de tal modo que los planos se orquestan más que se compaginan. Las operaciones de montaje se anticipan a la partitura. Este procedimiento constante se puede ver en total plenitud cuando Kagel y sus músicos repasan…,den 24.xii.1931, una obra compleja y bella en la que el músico intenta combinar la contingencia del día de su nacimiento con episodios diversos de la historia universal. De un primer plano de una mano tocando un timbre se va al gesto corporal de Kagel dirigiendo, un pasaje que condensa una filosofía de trabajo.

Humorística y ligera, elegante pero jamás pretenciosa, Süden hace accesible un concepto de lo musical circunscripto a unos pocos. Cada tanto, la voz en off de Kagel conduce al espectador a pensar la música, a trabajar con él y sus músicos. Solnicki se apoya en el maestro, un hombre culto y siempre bien dispuesto, para constituir un discurso sobre la función de la música. Cuando Kagel le explica el porqué de un pianissimo a la hora de interpretar Marchas para malograr la victoria, un hermosísimo oxímoron, pues todas las marchas militares están inspiradas en vencer y no en querer perder, el espectador está aprendiendo lo no musical de la música, la semántica que las notas conllevan. El último plano, literalmente, incorpora al público del futuro. Durante el concierto, una niña mirará a la cámara y saludará.

Dice Kagel: “Yo sé que en Buenos Aires la música es esencial para la vida. De alguna manera es un sustituto para todo lo que no funciona a nivel político y social”. Extraña declaración de resonancias románticas; la música, finalmente, como medicina y consuelo, pero, después de ver Süden, la música, también, como práctica espiritual destinada a contrarrestar el devenir brutal de la vida diaria. Los planos de Solincki evocan otra humanidad posible.

Copyleft 2008 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada por la revista Prometheus, en el mes de octubre. La extrajimos del blog de Roger Alan Koza, Con Los Ojos Abiertos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: