Crítica de “LA ORILLA QUE SE ABISMA”, de Gustavo Fontán – por Fernando Pujato

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TRAER EL PRESENTE


por Fernando Pujato

Qué fantasma sutil habita en esa película sin habitar?
Que prestada voz presta la imagen de esa voz?
Qué plano imaginar sin evocar un sentido lector imaginado?
Juan L. Ortiz nació en Puerto Ruiz (Entre Ríos) el 11 de Junio de 1896.
Un plano alejado de un hombre que viene caminando de frente entre unos árboles, es un leve picado que no dura más de treinta segundos; un plano semialejado de un hombre caminando a través de unos árboles, es un leve contrapicado y no dura más de treinta segundos. El primero es del año 1971 de un film de la Biblioteca Constancia C. Vigil, el segundo es del año 1977 de un film de Juan José Gorasurreta, ambos están insertos en el documental de este último y ambos están en el film de Gustavo Fontán sólo que sobreimpresos en otros planos, cercados por otras imágenes, difuminados en un registro casi ilusorio.
Gatos, árboles, canoas y orillas. Pájaros, bicicletas, canoas y orillas. Ventanas, ropas, personas y sombras. Ríos, senderos, personas y sombras. Todo lo que está en La orilla que se abisma, toda esa puesta en escena “prestada” de otras puestas, reconvertida, reconducida e imaginada en planos que permiten imaginar, toda esa paisajística verde, brumosa, marrón y ocre, es un intento por capturar ese hombre que no está allí “realmente”, el afán de presentizar ese hombre que alguna vez estuvo y tal vez, finalmente, el primario anhelo de trasmitir aquello que siempre estará.

De qué muerte vino este pájaro solo que ahora canta solo, solo en la tarde?.
Porque luego del situacionismo y de la contextualización, luego de entrever parte de aquello que informaba un poética y de una inmersión en la naturaleza natural que la sobrevolaba, el film se convierte en una búsqueda, en un escudriñar de senderos y habitaciones, en una vista fantasmal y atávica, en una vigilia. Y es precisamente en esos momentos, cuando Fontán abandona o deja de lado o suspende ese afán -un tanto pretencioso, un tanto imposible- de la “traducción”, de la mímesis, de cercar, de emparentar, de trasladar una inscripción escritural a una inscripción cinematográfica, es que el film adquiere la poiesis de una forma y la eventualidad de un (traer) presente. ¿Y qué hay al final de esa búsqueda, de ese deseo, de ese mirar?: el lento travelling de unos árboles adivinados en una nebulosa fílmica y un discurso. Finalmente la imagen de una escritura.
Tal vez el cine no pueda reparar la muerte ni alterar el tiempo de las tardes aunque quizá alcance para desgarrar el velo del olvido de algunas ciertas soledades.
Dicen que Juanele murió en algún cierto lugar, de algún cierto año.

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Una respuesta to “Crítica de “LA ORILLA QUE SE ABISMA”, de Gustavo Fontán – por Fernando Pujato”

  1. Rosendo Says:

    Fer, hermoso tu texto sobre “La orilla que se abisma”, es tal cual la describís, felicitaciones.

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